Recuerdo el olor de hierba mojada, recuerdo las sombras de los árboles y el dibujo de los matojos en las noches azuladas por la Luna en el bosque de Santsperit junto al Valle de Irient. Recuerdo todo eso unido sobre todo a los aullidos, los alaridos de Gálata. Las dos corríamos cogidas como llevadas por un espanto, entre claro y claro ella miraba la Luna Llena, blandía una sonrisa inquieta y de pronto soltaba su aullido. Era como despertar al mundo, las aves se alzaban en su espanto y los roedores iniciaban su corrediza.
Todo aquello que ahora suena extraño a vuestros oídos, era en aquel entonces lo normal en nuestra condición de niñas huérfanas. Nuestros padres habían marchado a la guerra de 1914 y los dos habían muerto en una triste trinchera cerca de Sedan. Así contaba la carta de un capitán que mi madre leyó entre espavientos.
Fue desde ese momento que se desmoronó todo mi mundo como un azucarillo. A veces los recuerdos parecen inmóviles y otras son un torbellino. La madre de Gálata aprovechó la ocasión para visitar un antiguo novio de Marsella. La dejó una madrugada junto a nuestra puerta y marchó corriendo, se fue como el viento de invierno dejando una sensación de desaliento, y ya no volvimos a verla jamás. Mamá se hundió en una profunda melancolía que la fue derrotando día a día. Los sollozos desgarradores nos sorprendían a las dos en cualquier momento. Cuando ya nos habíamos acostumbrado a su letanía, una mañana de domingo después de Misa, se colgó entre dos vigas de la cuadra.
Permanecimos solas en aquel penoso Valle de Irient. Recuerdo aquellos días como un momento abstracto e intemporal. Las dos nos las compusimos para sobrevivir en la granja y la huerta que quedó sembrada. Las horas libres las llenábamos de lectura, juegos, y de los aullidos nocturnos de Gálata.
Una noche de plena Luna.
—Vamos, no te entretengas, estás pasmada —me susurró Gálata después de dar un nuevo alarido—. En el centro del bosque hay un gran claro con un arrollo y su fuente. Allí encenderemos una generosa hoguera.
—¿Para qué quieres encender un fuego?
—Para que nos vea la Luna.
—¿La Luna?
Tal vez no la comprendía del todo, pero algo enigmático me animaba siempre ha hacer aquellas diabluras con mi compañera.
La leña crepitaba y alzaba al vuelo un chisporroteo alocado. Las dos bailamos alrededor de la hoguera riendo y aullando. Caímos cansadas entre la mullida hierba. Una Luna blanca y enorme nos miraba silenciosa.
—¿Te acordaras de mi? —agarro fuertemente mi mano. Noté un llanto disimulado.
—¿Cómo te voy a olvidar, acaso te vas?
—Pero si me voy, ¿te acordaras de mí?
—No digas tonterías, yo no voy a olvidarme de ti nunca. Eres como mi hermana, mi amiga, y… —me giré para verla bien, mi mano peino su flequillo con ternura— tú eres todo lo que tengo.
Aulló, y aulló durante mucho rato, alzando las manos, girando sobre sí y sobre la hoguera, brincando como si quisiera agarrar el astro con un impulso. Yo también la imité y las dos rompimos a gritos el calmado sueño del bosque.
No puedo recordar bien que ocurrió después. Solo sé que en una mezcla de sensaciones, hablamos, reímos, jugamos y bailamos en comunión con el fuego hasta caer rendidas. Un sueño profundo me traslado hasta el amanecer. El alboroto de unos gorriones me despertó. Humeaba la hoguera apagada. A mi lado ya no estaba Gálata. El arrollo, la fuente, todo seguía igual, a mi lado encontré su ropa. ¿Marchó desnuda? La busqué todo el día, y todos los días siguientes. Pero nada.
Nunca más la volví a ver. A veces, en las noches despejadas y azuladas, creo oír un aullido lejano. Salgo corriendo, persiguiendo la voz lejana. Entonces, entre árbol y árbol, entre las ramas aparece aquella Luna. La miro atenta, esperando una señal. Sé que es ella.
—Claro que no me olvido de ti.
jueves, 22 de noviembre de 2007
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